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Testimonios >> El impresionante testimonio de Belén, de las convivencias de Toledo y Valencia
Este verano tuve la oportunidad de participar en una convivencia de las Hermanitas de los ancianos desamparados, en Toledo, y en el retiro del grupo apostólico de Agosto, en Valencia. Desde el principio, fui con el deseo de ayudar un poco, pero no imaginé que terminaría recibiendo mucho más de lo que di. La convivencia surgió gracias a Sor Isabel, que nos habló de la idea y nos puso en contacto con Sor Rosa.  

Esa semana de convivencia vivimos muchas cosas, pero lo primero que me viene a la cabeza son las risas. Cuántas sonrisas, cuántas carcajadas, cuánta felicidad... con algo tan sencillo como es jugar, hablar, aprender y servir. ¡Qué bien nos lo pasamos! Literalmente: era un ambiente tan familiar, que era imposible sentirse solo, o triste. 

Organizamos muchísimas cosas: desde un breve pensamiento para Dios para empezar el día, las actividades con los ancianos, el voluntariado en los comedores, las manualidades... hasta la actividad de la noche. Todo esto hacía que la productividad, en el día, se multiplicará por diez. Y todo con una sonrisa en la cara, tanto en nosotras, como en los ancianos. Entre otras cosas, esta felicidad incesante hizo que entendiese una cosa: la alegría nunca depende de la fuerza que tienes en el cuerpo o de la edad, sino de la gratitud que cada uno tiene en el corazón. Esto me lo hicieron entender varios ancianos con los que hablaba. No paraban de repetir la suerte que tenía, lo agradecida que tenía que estar… ¡La juventud ha venido! decían siempre cuando entrábamos en los salones. Y se les iluminaba la cara. ¿Por qué? porque nosotras habíamos entendido, o estábamos entendiendo, el valor de estar allí, y eso se reflejaba en nuestro rostro, y era muy fácil contagiarlo a los ancianos. 

 Además, ¡conocimos a muchísimas personas! Y eso es otra de las cosas que más me gustó: venían de muchísimos sitios, y cada una muy diferente. La variedad siempre enriquece.

Otra cosa que me encantó fueron las conversaciones con los ancianos, su sabiduría, y gestos cariñosos. Habría alguno que no podía hablar, pero daba igual, porque los ojos siempre dicen tanto… Puede que ayudase ese ambiente familiar tan característico de las hermanas y de la residencia, e incluso puede que esos pequeños ratos del día, en el que descansamos de tanta actividad física, y meditábamos un poco con en el rato de formación. El caso es que, al final del día, estábamos más unidas. Y como siempre, también se reflejaba en nuestras sonrisas. 

 Me sorprendió mucho el vínculo que se formaba con los ancianos, porque siempre se acordaban de ti, y los que no podían, daba igual, porque el vínculo no se había debilitado, no se había olvidado. Eso nos motivaba a todas, y estábamos deseando volver con nuestro abuelo o abuelita, que nos esperaban con los brazos abiertos, llenos de ternura

Con esto no estoy diciendo que todo era “un mundo de rositas”, porque la realidad es que no. La felicidad y la alegría siempre estaban presentes, pero inevitablemente después se asomaban momentos más oscuros. Pero para eso habíamos venido: ¡para ser semillas de esperanza! ¡para ser valientes, e intentar llenar nuestro entorno de felicidad! Y, curiosamente, en la residencia fue fácil serlo. Esta convivencia nos motivó a ello, nos dio fuerza y, sobre todo, nos dió la herramienta: Dios. Era totalmente imposible no ver a Dios, y no encontrarte con Él en la mirada de los ancianos, en las sesiones formativas, en el servicio de las hermanas, en las conversaciones con tus amigas, en la noche…

 Todas estas cosas increíbles que me llevé, fue lo que hizo que repitiera la convivencia, pero de una forma diferente: Mediante un retiro en Valencia, un poco más intenso en el que, además de seguir sirviendo a los ancianos, teníamos bastante tiempo para trabajar nuestra vida interior. En este retiro, fue donde realmente aprendí el significado de la fragilidad humana y del servicio. Me sorprendió muchísimo toda la confianza, la ternura y el cariño que rodeaba el ambiente. Todo era paz, a pesar de hacer mil cosas al día. 

 Me llevé muchísimas cosas: aprendí lo que es amar con el servicio. Que cuando el amor se entrega, se multiplica. Y darse uno mismo a los demás, y compartir todo desde Dios, es el significado del servicio. Mientras sirves y amas, recibes lo que no esperas. La fragilidad humana no debe asustar, no debe desmotivar...¡Ni mucho menos, sino todo lo contrario!: es algo que misteriosamente te llena de esperanza, de fuerza, de valentía y, especialmente, de humildad, porque la debilidad no es una derrota, sino el espacio donde Dios se hace fuerte. 

 Me fui de aquella convivencia con más conciencia de mi pequeñez, pero también de mi enorme capacidad para amar. Aprendí que esa alegría incesante no está en recibir, sino en darse. Entendí que somos, semillas de esperanza, llamadas a crecer allí donde Dios nos ha puesto, para que, a través de nuestro servicio cotidiano, otros también descubran su amor. Que rezar no está sólo en querer y agradecer, sino es encontrarse todos los días y en cualquier momento con Dios. Descubrir su presencia en cada detalle, y amar eso. Una vez que experimentas ese servicio, ese amor, es imposible no querer amar de esa manera.

Por eso, salí con un agradecimiento enorme, con valentía y mucha esperanza. Por eso, doy realmente las gracias.

Belén
 
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