Testimonios >> El precioso testimonio de Sofía, de las Convivencias de Toledo y Valencia
Todo empezó con una simple pregunta: ¿y si este verano hacemos algo distinto? Mi hermana y yo teníamos esa inquietud, esas ganas de hacer algo que nos llenara de verdad, pero no sabíamos por dónde empezar. Hasta que una Hermanita, sor Isabel, amiga nuestra, nos habló de unas convivencias que organizaba sor Rosa con las Hermanitas de los Ancianos Desamparados en Toledo. Sin pensarlo mucho, nos apuntamos. Al principio estábamos nerviosas. Éramos las únicas de Madrid ¡y no conocíamos absolutamente a nadie! Pero, desde el primer momento, nos sentimos increíblemente acogidas. Las hermanas, las aspirantes y las niñas nos recibieron con una calidez difícil de explicar.
Cada día, sor Rosa preparaba una formación sobre las virtudes. Pero no eran las típicas charlas aburridas, sino actividades divertidas y dinámicas: Nos propusimos, entre todas, intentar aplicar en el día a día esas virtudes y frutos del Espíritu Santo que estábamos trabajando. Recuerdo especialmente cuando hablamos de la virtud de la esperanza. Me di cuenta de que era algo que tenía muy olvidado y, desde entonces, intento vivirla día a día.
Lo que más me conmovió fue el cariño y la atención de las hermanas: no faltaba ni el más mínimo detalle. lo hacíamos todo en equipo, y se formaron amistades muy bonitas.
Al final de la semana, me di cuenta de que algo dentro de mí había cambiado. Estar con los ancianos, compartir mi fe, convivir con gente tan distinta y tan buena, me hizo valorar muchísimo todo lo que tengo. Me ayudó a preguntarme por mi lugar en el mundo y por la misión que cada uno tiene.
Por si fuera poco, las hermanas nos dieron la inmensa oportunidad a las mayores de poder participar con ellas en Laudes y la oración personal. Fue algo esencial en toda la convivencia. Tener ese momento de intimidad con Dios al comenzar el día fue algo que marcó toda la experiencia, ese momento de silencio, de paz, de conversación íntima con Jesús, que se ha convertido en algo necesario para mí cada mañana. Me da fuerza, alegría, motivación y sentido en todo lo que hago. No sé cómo agradecer la oportunidad de haber tenido esa oración y misa diaria, ¡incluso teníamos un confesor a nuestra disposición! Durante toda la convivencia nos fuimos preparando, casi sin darnos cuenta, para recibir el inmenso regalo del jubileo al final de la semana. Una experiencia que también fue increíblemente única y que nunca olvidaré.
Las actividades con los ancianos también fueron algo muy conmovedor: Incluso hicimos pulseras y cruces para regalarles. Ver sus caras de emoción al recibirlas fue algo que me llegó al corazón. Muchos se emocionaron, y alguna lágrima se escapó también por nuestra parte. Fueron momentos sencillos, pero nos conmovieron profundamente.
Esta convivencia me marcó tanto que, dos meses después, nos apuntamos al grupo apostólico de agosto, también con las Hermanitas, pero esta vez en Valencia. Una semana intensa con el Señor, esencial para empezar el curso con buen pie. Ir a la Casa Madre fue algo que disfrutamos un montón. Todos los días teníamos misa diaria con los ancianos y toda la comunidad. Algo que nunca había experimentado antes: el ir a misa acompañada de tanta gente y esa devoción que se veía en cada una de las personas.
Pasar tiempo con los ancianos y llenándonos de momentos especiales con ellos, ha sido algo que ha llenado también nuestro corazón.
Cada día, teníamos el regalo de poder hacer una hora de oración y contemplación de los hechos de los apóstoles. Un momento de intimidad con Jesús, envuelto en la Palabra de Dios. Es muy difícil describir esos momentos, pero es algo que agradezco un montón. abrir nuestro corazón a la presencia del Espíritu Santo, ser testigos valientes y claros de nuestra fe, confiar en Dios, fomentar la caridad, experimentar la misericordia de Dios… En fin, lo más enriquecedor fue compartir todas nuestras conclusiones juntas, porque siempre había ideas de otras personas que ni se me habían pasado por la cabeza, pero que asimilé e intenté aplicarlas en mi día. Entendí que el cristianismo no es un estilo de vida, sino el encuentro con una persona que nos ama infinitamente, y nos cuida en todo momento, es un encuentro con Cristo.
Estas convivencias no sólo fueron un momento enriquecedor para nosotras en todos los aspectos (de amistad, personal, espiritual….), sino que me dejaron una huella profunda. Me dio las fuerzas para seguir, para llevar lo vivido a la vida diaria. De hecho, al volver a Madrid, mi hermana y yo decidimos organizar nuestro propio voluntariado con amigas del colegio en la residencia de las hermanitas de los ancianos desamparados de Carabanchel.
Y pienso que todo empezó con esa pregunta tan simple: “¿y si este verano hacemos algo distinto?”. Lo que parecía una tontería, se convirtió en una de las experiencias más importantes de mi vida. Porque, a veces, basta con dar un pequeño paso para descubrir que Dios tenía preparado algo mucho más grande para nosotros.
Sofía
Cada día, sor Rosa preparaba una formación sobre las virtudes. Pero no eran las típicas charlas aburridas, sino actividades divertidas y dinámicas: Nos propusimos, entre todas, intentar aplicar en el día a día esas virtudes y frutos del Espíritu Santo que estábamos trabajando. Recuerdo especialmente cuando hablamos de la virtud de la esperanza. Me di cuenta de que era algo que tenía muy olvidado y, desde entonces, intento vivirla día a día.
Lo que más me conmovió fue el cariño y la atención de las hermanas: no faltaba ni el más mínimo detalle. lo hacíamos todo en equipo, y se formaron amistades muy bonitas.
Al final de la semana, me di cuenta de que algo dentro de mí había cambiado. Estar con los ancianos, compartir mi fe, convivir con gente tan distinta y tan buena, me hizo valorar muchísimo todo lo que tengo. Me ayudó a preguntarme por mi lugar en el mundo y por la misión que cada uno tiene.
Por si fuera poco, las hermanas nos dieron la inmensa oportunidad a las mayores de poder participar con ellas en Laudes y la oración personal. Fue algo esencial en toda la convivencia. Tener ese momento de intimidad con Dios al comenzar el día fue algo que marcó toda la experiencia, ese momento de silencio, de paz, de conversación íntima con Jesús, que se ha convertido en algo necesario para mí cada mañana. Me da fuerza, alegría, motivación y sentido en todo lo que hago. No sé cómo agradecer la oportunidad de haber tenido esa oración y misa diaria, ¡incluso teníamos un confesor a nuestra disposición! Durante toda la convivencia nos fuimos preparando, casi sin darnos cuenta, para recibir el inmenso regalo del jubileo al final de la semana. Una experiencia que también fue increíblemente única y que nunca olvidaré.
Las actividades con los ancianos también fueron algo muy conmovedor: Incluso hicimos pulseras y cruces para regalarles. Ver sus caras de emoción al recibirlas fue algo que me llegó al corazón. Muchos se emocionaron, y alguna lágrima se escapó también por nuestra parte. Fueron momentos sencillos, pero nos conmovieron profundamente.
Esta convivencia me marcó tanto que, dos meses después, nos apuntamos al grupo apostólico de agosto, también con las Hermanitas, pero esta vez en Valencia. Una semana intensa con el Señor, esencial para empezar el curso con buen pie. Ir a la Casa Madre fue algo que disfrutamos un montón. Todos los días teníamos misa diaria con los ancianos y toda la comunidad. Algo que nunca había experimentado antes: el ir a misa acompañada de tanta gente y esa devoción que se veía en cada una de las personas.
Pasar tiempo con los ancianos y llenándonos de momentos especiales con ellos, ha sido algo que ha llenado también nuestro corazón.
Cada día, teníamos el regalo de poder hacer una hora de oración y contemplación de los hechos de los apóstoles. Un momento de intimidad con Jesús, envuelto en la Palabra de Dios. Es muy difícil describir esos momentos, pero es algo que agradezco un montón. abrir nuestro corazón a la presencia del Espíritu Santo, ser testigos valientes y claros de nuestra fe, confiar en Dios, fomentar la caridad, experimentar la misericordia de Dios… En fin, lo más enriquecedor fue compartir todas nuestras conclusiones juntas, porque siempre había ideas de otras personas que ni se me habían pasado por la cabeza, pero que asimilé e intenté aplicarlas en mi día. Entendí que el cristianismo no es un estilo de vida, sino el encuentro con una persona que nos ama infinitamente, y nos cuida en todo momento, es un encuentro con Cristo.
Estas convivencias no sólo fueron un momento enriquecedor para nosotras en todos los aspectos (de amistad, personal, espiritual….), sino que me dejaron una huella profunda. Me dio las fuerzas para seguir, para llevar lo vivido a la vida diaria. De hecho, al volver a Madrid, mi hermana y yo decidimos organizar nuestro propio voluntariado con amigas del colegio en la residencia de las hermanitas de los ancianos desamparados de Carabanchel.
Y pienso que todo empezó con esa pregunta tan simple: “¿y si este verano hacemos algo distinto?”. Lo que parecía una tontería, se convirtió en una de las experiencias más importantes de mi vida. Porque, a veces, basta con dar un pequeño paso para descubrir que Dios tenía preparado algo mucho más grande para nosotros.
Sofía