Hermanitas de los Ancianos Desamparados

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Unidas a la Congregación, a la Iglesia y al mundo

 

El 21 de septiembre, víspera de la celebración litúrgica de las beatas Josefa de San Juan de Dios Ruano García y  Dolores de Santa Eulalia Puig Bonany, las hermanitas de la Comunidad de Requena eligieron un lugar emblemático para el rezo de vísperas; “estuvimos toda la comunidad menos Sor Concepción rezando vísperas en el Cenotafio de nuestras hermanitas Mártires. Fue un rato de paz y de oración intensa en unión a la Congregación, a la Iglesia y al mundo que está pasando una especie de martirio en esta incertidumbre” provocada por la pandemia. Que como las Mártires sepamos ‘elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es’. Que volvamos los ojos hacia la Verdad que es Cristo, en esta hora de prueba, ‘para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar’ (Papa Francisco).

 Una especie de capillita, técnicamente sería cenotafio, en el kilómetro 6 de la carretera de Godelleta, término municipal de Alborache (Valencia), nos indica el lugar donde sufrieron martirio nuestras Hermanitas Mártires en la caída de la tarde de aquel 8 de septiembre de 1936.

Este sencillo y, para nosotras las Hermanitas, entrañable monumento, se inauguró el 27 de abril –aniversario de la beatificación de Santa Teresa Jornet- de 2012. Un nutrido número de hermanitas pudieron participar en la inauguración por encontrarse en Valencia realizando los ejercicios espirituales y que ese día finalizaban.

Recogiendo datos de la crónica de ese día también estuvo presente un grupito de personas venerables por sus años; se trataba de 3 de los hijos de D. Vicente Furriol, que en 1936 era el alcalde de Buñol y tuvo el humanitario gesto de mandar enterrar el cuerpo de nuestras Mártires y de llevar al hospital a Sor Gregoria de los Santos Inocentes Pérez, que quedó herida, y preocuparse de su recuperación. También estaba doña Josefa Galarza, a la sazón viuda de don Vicente Marzo que, con gran generosidad y sumo gusto, donaron el terreno; un hermano de ella con su esposa y otros allegados.