Hermanitas de los Ancianos Desamparados

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Desde Chissano -Mozambique

 

 Aceptamos, con gusto, la invitación a relatar nuestra vivencia de la séptima obra de misericordia.


Aquí, la obra de misericordia de enterrar a los muertos la vivimos, si cabe, de una manera más intensa, ya que todo el proceso pasa directamente por nuestras manos: preparar el cuerpo, rezar las oraciones de despedida antes de salir de casa, llevar el féretro, colocarle en la sepultura (la caja es de lo más sencillo que uno se puede imaginar) y cubrirle con tierra; en algunas de estas actividades somos ayudadas por nuestros colaboradores y acompañadas por nuestros ancianos; todo ello, habitualmente, sin presencia del sacerdote.


Con las oraciones y cantos finales por el eterno descanso del hermano/a que despedimos, vamos colocando flores sobre su tumba como expresión de amor; no en vano este hermano/a ha formado parte de la familia de nuestro Hogar -en ocasiones una estancia muy corta debido al mal estado en que llegan algunos de nuestros ancianos- y los corazones misericordiosos –como muy bien nos dice santo Tomás de Aquino-  deben tener afecto al difunto aún después de muerto.


Cómo es lógico antes de llegar a ésta última hemos ejercitado, con nuestro hermano/a, las anteriores obras de misericordia que su estado requería. Queremos hacer de nuestro Hogar un oasis de misericordia.  
La Providencia les abre las puertas de esta Casa a estos hermanos mayores y nos los entrega para que los cuidemos, con esmero, dentro de los medios de los que disponemos y cuando el Señor de la Vida quiere llevárselos los recoge directamente de nuestras manos. Cuando nos encontremos, por su infinita miserocordia, en la Casa del Padre, esperamos encontrarnos también con nuestros ancianos. Pensado en esto se me viene a la mente la siguiente estrofa del himno de vísperas de la II semana del tiempo ordinario: “Tras el vivir/ dame el dormir/ con los que anudaste a mi querer. / Dame Señor,/ hondo soñar./ ¡Hogar dentro de ti nos has de hacer!.”


El cementerio lo tenemos muy cerca de casa y tiene su historia: la primera visita que hicimos al Sr. Obispo le comentamos que estábamos proyectando coger un trozo de terreno en el que se estaba construyendo el Hogar como cementerio para enterrar a los ancianos y hermanas; ante la sorpresa de éste le dijimos que cuando ibamos a atender a los ancianos en sus pallotas –esto antes de disponer de sitio para terlos en casa- veíamos las sepulturas al lado de las pallotas (aquí es constumbre que cada familia entierre a los suyos en donde bien le parece que suele ser cerca de donde viven). El Sr. Obispo nos dijo que no lo veía conveniente. Que debíamos hacer también la pastoral del cementerio. Que cogiéramos el terreno que quisiéramos para convertirlo en este lugar sagrado. Siguiendo su deseo seleccionamos un espacio cerca del Hogar en construcción y lo cercamos con un muro. Los gastos generados fueron sufragados por la aportación de algunos de nuestros ancianos de España que quieren colaborar con nuestros Hogares en países de misión.  

La comunidad de hermanitas de Chissano -Mozambique